ADMISION A ORDENES 2017

ADMISION A ORDENES 2017:

¡Queridos amigos!

El pasado 10 de abril, Lunes Santo, tuve la inmensa gracia de recibir el rito de Admisión a las Sagradas Órdenes. Se trata de una celebración en la que ocurren dos cosas muy importantes para el camino de formación de los seminaristas. Por un lado, nuestro obispo, don Joaquín, confirma ser cierta la intuición que nos llevó un día a entrar en el Seminario y que en nuestro corazón hablaba de ser sacerdotes de Jesucristo. Así lo expresó en su homilía: “La Iglesia reconoce en vosotros los signos de la vocación sacerdotal”. Por otro lado, el seminarista se compromete públicamente a cuidar esta vocación y a trabajar por recibir, en su momento, la ordenación sacerdotal.

Este compromiso se expresa en forma de propósito que acoge el obispo, y ser realiza a través de preguntas y respuestas, para que todo el pueblo de Dios pueda ser testigo. Se pregunta si, “como respuesta a la llamada del Señor, queremos completar nuestra preparación, de manera que seamos aptos de recibir el Orden Sagrado”, y si “queremos formar nuestro espíritu de manera que seamos capaces de servir fielmente a Cristo y a la Iglesia”. A ello respondemos –con cierta emoción–, “sí, quiero”, y es cuando el obispo expresa que “La Iglesia acepta con alegría vuestro propósito. Dios lleve a buen fin lo que él mismo ha comenzado en vosotros”. El rito finaliza con una bendición solemne, en la que se pide al Señor la perseverancia en la vocación y la unión con sincero amor a Cristo Sacerdote.

Me gustaría compartir con vosotros el recorrido que he realizado hasta llegar a recibir la Admisión. Nuestro rector, don Carlos, me propuso pedirla a principios de febrero. Nosotros, al igual que para entrar al Seminario y para recibir la ordenación, tenemos que escribir una carta solicitándolo, tras el debido discernimiento. Así, comenzó para mí este tiempo de discernimiento, sobre si convenía o no pedirlo en este momento. Lo puse todo en las manos del Señor y, poco a poco, fui teniendo varias luces por las que parecía que el Señor me invitaba a entregar la carta. ¿Lo más importante? Para mí fue muy revelador, por un lado, las respuestas afirmativas que recibía de mis formadores y de mi director espiritual y, por otro lado, la paz que  podía sentir en la oración cuando presentaba esto al Señor. Con todo, un momento muy importante fue cuando, conversando con el rector, me dijo: tomar una decisión consiste en decir “no” a algo para decir “sí” a otra cosa. Esta sencilla indicación fue la que me determinó definitivamente a escribir y entregar la carta. Y así lo hice, el día 23 de febrero. Era el momento de dar al Señor un “sí” más profundo y verdadero en mi camino hacia la santidad.

Las semanas posteriores el Señor me concedió la inmensa gracia de hacerme pasar por la prueba de la oscuridad, las tentaciones y la soledad. Así lo viví, o, al menos, así lo intenté vivir. Para mí fue como la purificación que el Señor quería para prepararme bien a recibir la Admisión y, como no, también para la Semana Santa. Jesús se tomó en serio mi intención de darle ese “sí” más profundo y verdadero. Y como el Señor se lo tomó muy en serio, también lo hizo así el enemigo, que fácilmente me tentaba, me despistaba y me desorientaba de lo que de verdad quería vivir. Pero una vez más, Jesús vence. Ahora puedo ver cómo todas las cosas que ocurrieron desde que entregué la carta hasta la Admisión las guiaba él para prepararme lo mejor posible, inclusive las actividades del día del Seminario y la Javierada con los jóvenes. Y, por supuesto, fue insustituible la ayuda de algunos hermanos seminaristas (como nuestro buen Adrián), del Rector y del P. Francis, mi director espiritual.

Así pues, llegó el esperado 10 de abril. Para mi sorpresa, no estuve especialmente nervioso ni inquieto (si preguntáis a los seminaristas, os dirán que suelo vivir las cosas de manera muy apasionada). En el Seminario tuvimos toda la jornada de retiro, predicado por don Joaquín, que nos puso como modelo sacerdotal al apóstol san Pablo en algunos aspectos. Por la mañana pude hacer con uno de los directores espirituales una confesión un poquito más profunda, sincera y concreta de todos mis pecados, para recibir mejor la gracia que se me iba a conceder. Y ya la tarde, entre los ensayos y otro rato de oración, se me pasó muy rápido.

En la ceremonia me conmovió muchísimo poder ver a tantos sacerdotes, amigos que me han llevado o me llevan al Señor. Entre ellos estaban nuestros queridos Francisco y Pachús, lo que también supuso una gran alegría. Una curiosidad: en todas estas celebraciones (ministerios, admisión y ordenaciones) lo primero que uno encuentra al terminar es la sacristía llena de sacerdotes que celebran con un fuerte aplauso la ocasión. Y esta vez no fue menos. Doy muchas gracias a Dios por el presbiterio de nuestra diócesis, en el que cada vez me veo más inmerso, en el que hay tantos y tantos sacerdotes santos que se entregan y dan un verdadero testimonio de Cristo vivo.

Por lo demás, de la celebración me quedo con dos cosas de las lecturas que en aquel momento me ayudaron mucho. En primer lugar, la frase del salmo 26 que se cantó: sé valiente. Unos días antes otro seminarista me animaba con estas mismas palabras. Y dentro de la celebración sólo pude sonreír al entender que el Señor que me invitaba una vez más a darte este “sí, quiero”. En segundo lugar, el evangelio. El Lunes Santo siempre leemos en la Eucaristía el pasaje de la unción en Betania. Este lugar es a donde iba Jesús a descansar, apartado de los que le odian y donde sabe que se le va a cuidar y acoger. Así sentía yo también que debe ser el corazón del seminarista: el descanso de Jesús.

Al finalizar el día, después de saludar a tanta gente que había venido a acompañarnos, (especialmente me acuerdo de las personas de las parroquias en las que he estado de pastoral, incluida la nuestra, y de tantos amigos que he conocido en la diócesis y que el Señor me ha querido regalar) y después de la debida celebración en la intimidad del Seminario con una buena cena (en la que no faltó algún vasito de sidra), nuestro rector propuso que fuésemos todos de nuevo al monumento del Sagrado Corazón, pero no ya a la basílica, sino a la terraza superior, para poder tener un rato de compartir y de oración. Alguno incluso se llevó la guitarra (¡imaginad quien!). Fue, desde luego, el mejor broche final a un día tan especial para mí y para el Señor. Allí, en la intimidad de la noche, todos estábamos con Jesús, contemplando desde este lugar tan especial la diócesis que deberemos cuidar como pastores no dentro de mucho tiempo, juntos, compartiendo el testimonio de lo vivido, cantando y orando. ¡No cabía mejor celebración!

Así pues, (si habéis podido leer hasta el final) os pido que deis gracias a Dios por nuestro Seminario, porque él conoce y cuida cada vocación. El Señor desea que haya más sacerdotes que, unidos a su misión de redención, se entreguen a la Iglesia y a todo el mundo, para darle a conocer, para amar como él, para llevar almas al cielo. También tenemos que dar gracias por todos los sacerdotes que ya hay en nuestra diócesis, especialmente los de nuestra parroquia, y por nuestros queridos obispos. Finalmente, os pido que recéis especialmente por mí, para que sea fiel a esta preciosa vocación. Ahora el camino es algo distinto, porque cada vez veo más cerca la ordenación sacerdotal y cada vez me veo más indigno. Pero ya no me cabe ninguna duda: el Señor llevará a buen término esta obra que él ha querido comenzar en mi vida.

Muchísimas gracias a todos, queridos amigos. Unidos.

Rubén Herráiz