EL DOLOR Y LA ALEGRIA DE LA EDUCACIÓN

EL DOLOR Y LA ALEGRIA DE LA EDUCACIÓN: 

97139767Soy profesora y Dios me pide cada año que guíe a más de 200 alumnos adolescentes. Esta reflexión la escribo el Viernes de Dolores.

Hoy quiero compartir con vosotros lo difícil que resulta educar en un mundo paganizado. Mi experiencia me ha llevado a vivir en mí misma y en el despacho donde me reúno con los padres, desgarros de corazón, esos desgarros que mueven las entrañas. Y os preguntaréis por qué. Los padres nos volcamos en nuestros hijos. Trabajamos muchas horas para proporcionarles una vida cómoda, en la medida en que podemos, y buscamos para ellos todas aquellas oportunidades que nosotros no hemos tenido. Pero llega el momento de la adolescencia y todo se viene abajo De repente, vuestros amados o amadas hijas os hacen rozar la soledad y el dolor de Getsemaní. Todo son reproches: que porqué sois mis padres, no quiero estar con vosotros, voy a hacer lo que quiera, no pienso estudiar, no me quitaréis el teléfono móvil, quién te has creído que eres, mi objetivo es hundir a mi padre o a mi madre y muchas cosas más que podría seguir relatando, y la verdad es que no me siento con fuerzas para hacerlo.

He visto llorar a los padres y he llorado con ellos. Ayer fue un día duro para mí y cuando venía conduciendo de camino a casa, Jesús habló a mi corazón para pedirme que compartiera una cruz, una de esas cruces que relataba en el párrafo anterior. Me asusté, tuve miedo, como humana que soy. Pero me puse en sus manos y la compartí, y ¡de qué forma!

He pensado mucho desde el dolor de estos momentos. ¿Cómo ha sido la cruz que ha llevado Jesucristo por mí? ¿Qué soledad ha sentido Dios Padre ante mi indiferencia? ¿Cuánto tiempo he cerrado las puertas de mi corazón al Espíritu Santo, Paráclito que nos consuela en el camino de espinas? Mejor no contesto a estas preguntas. Ya podéis imaginar las respuestas.

¿Qué puede sanar el dolor de educar en la sociedad en que vivimos? Desde mi pobre experiencia puedo esbozar algunos consejos. La educación necesita de la ayuda de toda la tribu (padres, abuelos, familiares cercanos, Parroquia, profesores, etc…) La educación no se puede abordar de forma solitaria, la educación es dolorosa y tenemos que reconocerlo, nos dan miedo esas cruces, sobre todo cuando son otras personas las que nos las descubren. Pero tenemos que pasar por la cruz, por la oscuridad más profunda, por momentos de distanciamiento entre padres y hijos que parecen insalvables, para resucitar desde la esperanza. Es inevitable, tarde o temprano se vive esta experiencia. Y es en esos momentos cuando entendemos a nuestros padres y a Dios Padre.

El acercamiento solamente se puede conseguir desde la misericordia, desde el reconocimiento con humildad de lo que cada uno de nosotros hemos hecho con nuestros padres y con Nuestro Padre. Yo rezo mucho, por mi hija y por los adolecentes y en especial por cada una de esos hijos espirituales que Dios pone en mi camino. Y os contaré un secreto, en los momentos de máxima tensión pido a nuestra Madre María Inmaculada, que me ayude. Ella me da las fuerzas que necesito para despertar en mí esa dulzura que cura las heridas más graves.

El salmo 27 es muy consolador en los instantes de dolor “Junto a Dios no hay temor”

“Me dará cobijo en su cabaña

el día de la desgracia;

me ocultará en lo oculto de su tienda,

me encumbrará en una roca”

Y allí, cobijados en su tienda, pasaremos las tempestades que azotan nuestras vidas.

Un abrazo.

Soraya.