GUADALUPE 2017

GUADALUPE 2017:

“Sal de tu tierra… (Gn 12, 1)”. Con estas palabras más de 700 jóvenes de toda la Diócesis de Getafe nos hemos sentido llamados a abandonar nuestras comodidades para comenzar a peregrinar a nuestra Madre de Guadalupe el pasado 29 de septiembre. Como yo, algunos jóvenes hemos tenido además el privilegio de abandonarnos a nosotros mismos para servir en la peregrinación, con el gran regalo que ello supone.

Algo que siempre me ha ayudado a la hora de pensar en mi fe durante las peregrinaciones, ha sido ver cómo Cristo es capaz de mover a tantas personas que están locas por Él, para regalarnos a su Madre al final del camino. A través del rosario, he podido redescubrir el gran tesoro que es la Virgen para mí. Ver a María como ejemplo a seguir, como escalera hasta el cielo y como puente que lleva a Dios, es sin duda el gran regalo que me espera a mí y a todo aquel que decide seguirle, dejando atrás su vida y sus comodidades.

A pesar de haber vivido una vez más en primera persona los regalos tan grandes que el Señor hace durante estos tres días, podría decirse que estando allí, empecé a notar que algo era diferente. Y si otros años los frutos de la peregrinación me llegaban durante las conversaciones que tenía durante el camino, este año es como si hubiera decidido abandonarme para vivir la peregrinación tal y como Dios quería, sin esperar nada ni a nadie. Quizá es por eso por lo que, al llegar de nuevo a casa, sentía una especie de vacío por dentro, porque realmente no comprendía por qué este año no había sido igual. Y es que esta peregrinación no solo ha sido distinta por el hecho de que el Señor me haya elegido para ser jefa de bus por primera vez, sino porque también, ha supuesto un total replanteamiento de mi fe.

A través del rosario que rezamos el domingo antes de llegar a Guadalupe, pude entender que en esta peregrinación los momentos de oración han supuesto un gran misterio para mí. He sentido una sed de Dios increíble e insaciable a la vez, como nunca antes, y que me llamaba a rezar y a buscarle aún más. Por eso no era capaz de entender por qué esta vez no me sentía llena de Él, ni por qué no le había visto en mi abandono como esperaba hacerlo. Pero entonces, ya de vuelta, ves esa paz que habías estado buscando todo el viaje en la mirada de otra persona, que encima resulta ser uno de los más claros reflejos de Dios en tu vida, y recibes un abrazo del Señor que te recuerda lo inocente que eres al no ver que le tienes todos los días contigo, aunque no le sientas.

Por eso, mi testimonio de esta peregrinación es un dar GRACIAS en mayúsculas al cariño con el que la Virgen nos enseña a seguir a Dios y a buscarle incansablemente en nuestras vidas, y sobre todo una llamada a agradecerle cada día la presencia de todas esas personas que arrojan un poquito más de luz a nuestra oscuridad.

Alba.

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