JAVIERADA 2017

JAVIERADA 2017:

¿Dios es todo para ti?

Bajo el lema Él lo es todo, el fin de semana del 31 de marzo al 2 de abril más de 450 jóvenes de diferentes puntos de la Diócesis de Getafe peregrinaron al castillo de San Francisco Javier, en Navarra.

Cada año la Delegación de Juventud prepara esta salida destinada a jóvenes de 16 a 30 años y nunca deja de sorprender a aquellos que deciden ir.

Exámenes, clases, prácticas, trabajos… Dejarlo todo y ponerlo en manos de Dios. De nuestra parroquia fuimos un grupo de treinta jóvenes, junto a Pachús y los seminaristas que nos acompañaron.

El viaje comenzó el viernes. Por la tarde partimos en autobús hacia el primer alojamiento, en Tudela (Navarra). No sin antes recoger al grupo de peregrinos de la parroquia del Santo Cristo de la Misericordia, en Boadilla del Monte. Ya en nuestro destino disfrutamos de una divertida velada y después, el descanso. La marcha hacia Javier nos esperaba al día siguiente.

Dicen que todo aquel que ha vivido una Javierada, vuelve a casa distinto. Os sorprendería conocer las historias de los peregrinos, sus inquietudes o sus problemas.

El sábado nos aguardaban muchos kilómetros de camino hasta Javier desde el punto de partida de la marcha: La Foz de Lumbier (Navarra). Era el momento de ofrecer a Dios las intenciones que llevábamos en la “mochila”.

La del 2017 ha sido mi tercera Javierada. El año pasado no pude ir y tenía esa espina clavada, porque el que va a Javier piensa en volver cada año. Pero esta vez no podía dejarlo pasar, a pesar del cansancio de la rutina diaria, necesitaba pensar en mi fe.

Cada Javierada es mágica, una sorpresa. En todas encuentras lo que vas buscando. La marcha del sábado la hice en silencio porque necesitaba responderme a una pregunta: ¿es Dios todo para ti? No sabía si la peregrinación me daría la respuesta, pero fue El Señor quien como siempre, de manera directa me lo dejó claro. En esta ocasión la respuesta estaba en los peregrinos con los que caminaba, personas maravillosas. Eran el rostro de Dios vivo. De ellos pude escuchar su testimonio de fe, su vocación, su conversión, personas para las que Él sí lo es todo y por quien están dispuestos a dar la vida.

Este año han peregrinado chicos muy jóvenes, adolescentes. Había personas que no se habían confesado en años y después del domingo no quedó ninguno sin hacerlo. Los que peregrinaban por primera vez estaban sorprendidos ante la idea de encontrarse con un Cristo que pudiera sonreír desde la cruz. Algunos iban buscando hacer amigos, otros pasar el fin de semana en un ambiente distinto. Pero todos compartimos un destino común, el motivo por el que merece la pena vivir una Javierada: el Cristo que lloró cuando San Francisco Javier murió y de cuya sonrisa quedó prendado el santo.

Durante esta peregrinación  hemos dejado a Cristo “ser todo en el corazón”. Como dijo el padre D. Miguel Díaz en la reflexión previa a la marcha, “hemos sido valientes”. A veces no sabes por qué caminas, ni el motivo por el cual estás peregrinando. Pero simplemente te fías. El Señor sabe por qué lo hace, Él es el que te llama, el que te da un toquecito en el hombro y te dice “ven”. No siempre te lo muestra inmediatamente, pero tarde o temprano lo descubres en cada misa, en cada catequesis, en cada oración, en cada canción y en los silencios. Cristo está en todas partes.

El momento más emotivo del fin de semana fue la Hora Santa. Impresiona ver a cientos de jóvenes de rodillas, rezando ante la Custodia unidos en el Señor. Para muchos la noche del sábado fue la primera vez en mucho tiempo que rezaban durante una hora seguida, para mí también.

Llegó el domingo. ¡Por fin veríamos al  Cristo de la sonrisa! aquel del que se contagió San Francisco Javier, nuestro motivo del camino, por quien el esfuerzo de la marcha había merecido la pena. De rodillas frente a Él presentamos todas nuestras intenciones, porque como nos dijeron en la misa del sábado, “es en la cruz donde se puede sonreír de verdad. En la alegría nace la entrega y ahí está la vida”. Pero para postrarse ante la cruz hay que preparar el corazón y defender nuestra amistad con el Señor, “crear un castillo y dejar al lado de la muralla lo que distrae de Dios”.

El domingo por la mañana, después de la visita al castillo de San Javier, nos dirigimos al último punto de la peregrinación, Zaragoza. Allí celebramos la misa con nuestro Obispo D. Joaquín María López de Andújar, en la Basílica del Pilar.

En la homilía D. Joaquín nos felicitó por haber dicho sí a Dios porque Él está deseoso de encontrarse con nosotros.  “Cada vez que acudimos a Jesús se le saltan las lágrimas”. En el Cristo de Javier hemos encontrado el anhelo que buscábamos, porque como dijo D. Joaquín “El Señor contempla la vida. Es quien nos recoge como somos, asumiendo nuestra historia, con sufrimientos y oscuridades”.

Los testimonios del domingo en el autobús, de vuelta a casa dejaron claro que Dios está vivo y que para quien no conocía al Señor, ahora Lo es todo. Las expectativas que teníamos sobre la peregrinación han sido superadas con creces. Pero lo vivido no se puede quedar en un fin de semana lleno de Dios y de momentos inolvidables, ahora somos el testimonio de lo que hemos experimentado, tenemos que contagiar tanta dicha para que el próximo año nadie se quede con las ganas de conocer al Cristo que sonríe. Porque la Javierada deja huella y  Dios actúa. Ya nos lo dijo el padre D. Miguel Díaz: nos toca “salir al mundo, que nos necesita. Tenemos que ser santos y arder”. Él lo es todo.

Nos vemos el año que viene, porque ya sabéis que el Cristo que sonríe nos está esperando.

Clara Fernandez.

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