NOVENA DE LA INMACULADA 2015

NOVENA DE LA INMACULADA 2015:

119006-3DÍA PRIMERO

Inmensamente ricos por María

Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.

Y, puesto que sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! De manera que ya no eres siervo, sino hijo; y como eres hijo, también heredero por gracia de Dios.

María es la madre del Hijo de Dios.

María mira a los pequeños, a los humildes a los puros de corazón, a los que acogen su invitación como Madre entregada a sus hijos. En algunos países, en medio de la pobreza, María obtiene más de lo que, en otras partes del mundo más avanzadas y ricas, somos capaces de darla.

Si fuéramos conscientes de lo inmensamente ricos que somos de tener a María, que ora para guiarnos por la senda del bien, del amor, del retorno a Dios nuestro redentor, la daríamos muestras de gratitud cada día. María se merece una correspondencia entusiasta y alegre, una oración ardiente y perseverante. María merece que recemos con fervor el Rosario, que la coloquemos en las habitaciones de nuestras casas, que contemos con ella en cada momento de nuestras vidas.

María es la Inmaculada Concepción. María fue adornada por la Santísima Trinidad con este privilegio en honor a su Divina Maternidad. María es nuestra Madre hermosa. María quiere revestirnos de su belleza y nos exhorta a seguirla por el camino de la Santidad. Necesitamos luchar contra el pecado para parecernos a nuestra Madre. Debemos reconocer el pecado como un mal y arrepentirnos con un acto de amor puro.

En el Sacramento de la Reconciliación tenemos la medicina que Jesús, con su Misericordia, nos ha preparado.

Nuestra Madre celeste nos atrae tras la estela del perfume del Cielo. Sigámosla.

ORACIÓN

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo;
bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. 

Amén.

DÍA SEGUNDO

Interesantes para Dios

En el sexto mes fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David, y el nombre de la virgen era María. Y habiendo entrado donde ella estaba, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y consideraba qué significaría esta salutación. Y el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin.

María dijo al ángel: ¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón? Respondió el ángel y le dijo: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Y el ángel se retiró de su presencia.

María, tú no dudaste, no reparaste en las dificultades que encontrarías en el camino cuando diste tu Sí a la Salvación de la humanidad.

Cada uno de nosotros llevamos sobre nuestros hombros ¡tantas preocupaciones!, marcados como estamos por ¡tantos sufrimientos!, abrumados por este desaliento tan humano. Madre ¿qué nos puedes decir para aliviarnos?

“Yo soy vuestra Madre. Veo las dificultades en las que vivís, veo de cuánta tristeza está marcada vuestra vida, veo también los momentos en los que el desaliento y el desconsuelo os oprimen. Porque mi adversario os confunde con la duda y la desconfianza. Mirad a mi Corazón Inmaculado y dentro de vosotros, como manantial que fluye a borbotones, manará un espíritu de alegría y consolación. ¿Por qué dudáis? ¿Por qué estáis tristes si estoy junto a vosotros en todo momento? No os dejo nunca. Soy Madre y me siento atraída junto a vosotros por el peso de las grandes dificultades que hoy vivís. De mi Corazón, parte un rayo de luz. Es la luz de vuestra Madre, Virgen María, que ilumina vuestra mente y la atrae dulcemente a comprender el Misterio de la Palabra de Dios, a penetrar en profundidad en el secreto del Evangelio. En la oscuridad del que ha bajado al mundo, cuántas mentes se han oscurecido por los errores y las dudas. Cuántas inteligencias se han contagiado del error que conduce a muchos a perderse y alejarse del camino de la verdadera Fe. El alimento para vuestras mentes será la Palabra de Dios. Buscadla, custodiadla, defendedla, vividla. Así, caminaréis en la alegría, en la consolación de permanecer siempre en la Verdad del Evangelio”

Madre, ayúdanos a confiarnos a ti con la docilidad de niños,

a no poner en primer lugar en nuestras vidas los compromisos diarios con nuestro mundo, el egoísmo, los apegos a nuestro modo de pensar.

Son pequeñas sombras que oscurecen la belleza de nuestras almas.

Pasa tu manto maternal para borrar todas estas sombras y ayúdanos a caminar con el consuelo de sentirnos amados y protegidos por ti.

Ayúdanos a ser más puros, más caritativos, más santos, más bellos.

Pide Madre por nosotros,

que Jesús nos renueve con su Gracia,

mientras el Padre nos espera con los brazos misericordiosos abiertos,

y que el Espíritu Santo nos transforme en perfecta imitación de Cristo.

ORACIÓN:

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A Ti, celestial Princesa,
Virgen Sagrada María,
te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

DÍA TERCERO

Dios nos espera como a María

Por aquellos días, María se levantó, y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó de gozo en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor. María exclamó: Glorifica mi alma al Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador: porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre aquellos que le temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó a los poderosos de su trono y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Acogió a Israel su siervo, recordando su misericordia, según como había prometido a nuestros padres, Abrahán y su descendencia para siempre.

María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Madre, en tu vida nos has dado un gran ejemplo de entrega a los demás.

Nuestros corazones están endurecidos. Como Madre, acércate a cada uno de nosotros y toma nuestro corazón en tus manos. Ponlos en el horno ardiente de tu Corazón de Madre, e introdúcelos en la profundidad del Corazón Divino de tu Hijo Jesús.

El Amor debe ser amado y todo Don demanda una respuesta. Dentro del Corazón de Jesús, como el oro en el crisol, nuestros corazones son continuamente transformados por la llama de una Ardiente Caridad, haciéndonos cada día más dóciles, humildes, humanos, misericordiosos, buenos, pequeños, puros. Así formados en el mar infinito del Divino Amor, nace en nuestros corazones el espíritu nuevo, para que podamos ser testigos de amor, llevar a todas partes el amor. Seamos nosotros mismos espíritus de alegría, de consuelo para todos.

No acabamos de entender que, en la época en que vivimos, es más necesario que nunca recurrir a ti, que nos regalas tantas gracias. Por ahora, no comprendemos que son como semillas depositadas en nuestras almas. Pero más adelante comprenderemos y miraremos hacia arriba, al ser conscientes de lo que has hecho por nosotros en estos días.

Madre, tu nos recuerdas que todos somos hijos tuyos, los desesperados, los afligidos, los necesitados de ayuda.

Con nuestro amor podemos acercarnos a nuestros hermanos para comunicarlos tu palabra maternal.

Seamos para ellos tu señal de alegría y de consuelo.

Madre ayúdanos a inclinarnos para besar las heridas de esta Hija tuya que es la Iglesia.

Que nuestro amor se transforme en bálsamo que sane sus heridas.

ORACIÓN:

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido a vuestra protección,
implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro,
haya sido desamparado.

Animado por esta confianza,
a Vos también acudo, ¡oh Madre, Virgen de las vírgenes!,
y gimiendo bajo el peso de mis pecados
me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana.
¡Oh Madre de Dios!, no desechéis mis súplicas,
antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
 

DÍA CUARTO

Amar como María a Jesús

En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. (…) Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento.
Había unos pastores por aquellos contornos, que dormían al raso y vigilaban por turno su rebaño durante la noche. De improviso un ángel del Señor se les presentó, y la gloria del Señor los rodeó de luz y se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor (…). De pronto apareció junto al ángel una muchedumbre de la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad (…). Los pastores se decían unos a otros: Vayamos hasta Belén, y veamos este hecho que acaba de suceder y que el Señor nos ha manifestado. Y vinieron presurosos, y encontraron a María y a José y al niño reclinado en el pesebre.

El ejemplo de María nos anima a vivir la Noche Santa, que pronto celebraremos, en el jardín de su corazón Inmaculado, contagiándonos de la inmensa alegría que ella sintió cuando se dispuso a donar a la humanidad a su Adorado Niño.

La oración la envolvía como un manto a la espera del momento del nacimiento de su amado Hijo, olvidándose de la fatiga del camino recorrido, sin desalentarse por el rechazo encontrado al llamar a cada puerta. Se veía atraída por la apartada quietud de una gruta, a pesar de la falta de comodidades que tuvo que sufrir.

¡Qué momentos aquellos en los que María vio por fin a Nuestro Dios en sus brazos, milagrosamente hecho Hijo! A su lado, su esposo José, aquel hombre paciente y confiado a pesar de las dificultades encontradas, se inclinaba con dicha para besarlo y adorarlo.

En la Navidad, que cada día se nos invita a vivir, acojamos con amor a tu Hijo que nos salva y nos conduce a la Paz.

María haz que descienda sobre nosotros la luz que guió a los pastores en la profunda oscuridad de la noche.

Ayúdanos a prepararnos para el retorno de Jesús, mostrándonos confiados en la oración.

María enséñanos a valorar lo importante de esta vida, a buscar momentos de silencio y de intimidad con Dios, a no sentirnos abatidos por las dificultades del camino que recorremos.

ORACIÓN:

Salve, Reina de los cielos
y Señora de los Ángeles;
salve raíz,
salve puerta,
que dio paso a nuestra luz.

Alégrate, virgen gloriosa,
entre todas la más bella;
salve agraciada doncella
.

DÍA QUINTO

Eficacia de María por su docilidad

Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor.

Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu. Y al entrar con el niño Jesús sus padres, para cumplir lo que prescribía la Ley sobre él, lo tomó en sus brazos, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, según tu palabra: porque mis ojos han visto a tu Salvador, al que has preparado ante la faz de todos los pueblos: luz que ilumine a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel. Su padre y su madre estaban admirados por las cosas que se decían acerca de él. Simeón los bendijo, y dijo a María, su madre: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción y a tu misma alma la traspasará una espada, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones.

Vivía entonces una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad muy avanzada, había vivido con su marido siete años de casada, y había permanecido viuda hasta los ochenta y cuatro años, sin apartarse del Templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día. Y llegando en aquel mismo momento alababa a Dios, y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.

María nos conduce al Templo del Señor para cantar hoy Su Amor y Su Gloria.

Mientras María, en compañía de su castísimo esposo José, recorría el camino hacia el Templo, llevando entre sus brazos a su Lindo Niño, era consciente de que cumplía una prescripción de la Ley a la vez que Glorificaba a Dios.

María nos guía hacia el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios. María es el camino hacia la Divina Voluntad.

Pero María, ¿quién te cree? ¿quién está dispuesto a cambiar su vida, a aceptar las invitaciones que nos das para la conversión? Ayúdanos a salir de la mediocridad y de la tibieza. Déjanos entrar en el refugio que nos has preparado para nuestra salvación, tú que eres el Arca de la Nueva Alianza. En los tiempos de Noé, inmediatamente antes del diluvio, entraban en el Arca aquellos que el Señor destinaba a sobrevivir a su terrible castigo. En nuestros tiempos, tú nos invitas, a todos tus hijos, a entrar en el Arca de la Nueva Alianza, que tú has construido en tu Inmaculado Corazón. No permitas que miremos a otra parte. Todos estamos muy ocupados en pensar en nosotros mismos, en los propios intereses terrenales, en el placer, en buscar la satisfacción por todos los medios incluso a través de pasiones desordenadas. María llámanos por medio de tus hijos predilectos, los sacerdotes, a entrar en el Arca de la Nueva Alianza y en la salvación, que tu Corazón Inmaculado nos ha preparado para estos tiempos que vivimos.

ORACIÓN:

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A Ti, celestial Princesa,
Virgen Sagrada María,
te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
Mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

DÍA SEXTO

 María ejemplo de esfuerzo por Dios

Sus padres iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Y cuando tuvo doce años, subieron a la fiesta, como era costumbre. Pasados aquellos días, al regresar, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo advirtiesen sus padres. Suponiendo que iba en la caravana, hicieron un día de camino buscándolo entre los parientes y conocidos, y como no lo encontrasen, retornaron a Jerusalén en busca suya. Y ocurrió que, al cabo de tres días, lo encontraron en el Templo, sentado en medio de los doctores, escuchándoles y preguntándoles. Cuantos le oían quedaban admirados de su sabiduría y de sus respuestas. Al verlo se maravillaron, y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos. Y él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?

Pero ellos no comprendieron lo que les dijo. Y bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. Y Jesús crecía en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres.

María, ¡cuántas cosas has guardado en tu Inmaculado Corazón! En estos tiempos, todos necesitamos recurrir al refugio de tu Corazón Inmaculado. El pecado, en nuestros tiempos, está conduciendo a la muerte espiritual. A veces se nos olvida que el infierno existe, que es eterno. Líbranos del peligro de caer en él por estar contagiados de esta enfermedad. Hay males de orden físico, como enfermedades, desgracias, accidentes, terremotos y demás desastres naturales. Hay males incurables que se propagan. También lo que sucede en el orden natural es una señal de aviso para nosotros. Hay males de orden social, como la división y el odio, el hambre y la pobreza, la explotación y la esclavitud, la violencia, el terrorismo y la guerra. Para protegernos de todos estos males, invítanos a guarecernos en el seguro refugio de tu Inmaculado Corazón. En estos tiempos en que contemplas cómo el hombre se pone en el lugar de Dios, danos recursos para conservar la Fe. Consuélanos Madre, muéstranos tu Corazón Inmaculado como el camino seguro que nos conducirá a Dios.

ORACIÓN:

Dulce Madre, no te alejes,
Tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes
y solo nunca me dejes;
ya que tú me quieres tanto
como verdadera Madre,
haz que me bendigan el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Amén

DÍA SÉPTIMO

María: olvido de sí a favor del mundo

  Al tercer día –narra el evangelista– se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y estaba allí la madre de Jesús. También fueron invitados a la boda Jesús y sus discípulos. Y, como faltase el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le respondió: Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí? Todavía no ha llegado mi hora. Dijo su madre a los sirvientes: Haced lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de dos o tres metretas. Jesús les dijo: Llenad de agua las tinajas. Y las llenaron hasta arriba. Entonces les dijo: Sacad ahora y llevad al maestresala. Así lo hicieron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, sin saber de dónde provenía, aunque los sirvientes que sacaron el agua lo sabían, llamó al esposo y le dijo: Todos sirven primero el mejor vino, y cuando ya han bebido bien, el peor; tú, al contrario, has guardado el vino bueno hasta ahora. Así, en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con el que manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él.

Madre María, como pediste a tu Santísimo Hijo Jesucristo, que interviniera ante la falta de vino en las bodas de Caná, ahora nos pides a nosotros que intervengamos ante las necesidades de nuestros hermanos.

Madre, ayúdanos a entrar en el corazón de tu Iglesia para ser portadores de alegría y consuelo a los que lo necesitan. Tu que siempre has estado y estás pendientes de los que te necesitan, concédenos la gracia de imitarte en la caridad que continuamente derramas entre tus hijos. Haznos ser el sostén de amor para nuestro Papa Francisco, que hoy tiene necesidad de un espíritu de alegría y de consuelo y tu quieres dárselo a él por medio de nosotros. Ayúdanos a amar al Papa, a seguirle, a defenderle. Haznos comprender el misterio de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo, hoy dividido y lacerado y que nosotros debemos restituir.

Madre transfigúranos hoy en la persona de Jesús para que podamos ser vivo testimonio de su amor a nosotros.

ORACIÓN:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra;
Dios te salve.
A ti llamamos los desterrados hijos de Eva;
a ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas.
Ea, pues, Señora, abogada nuestra,
vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos;
y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre,
¡oh clementísima, oh piadosa, oh dulce siempre Virgen Maria!
Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

DÍA OCTAVO

María ama con su dolor

Con todo su dolor, y en perseverante amor por su Hijo, María acompañó a Jesús en su Pasión. Le ofreció su lealtad y cariño de Madre –amor a Dios como ningún otro–, cuando casi todos le habían abandonado.

Acompañemos a María en sus horas de más dolor, porque su Hijo, inocente, va a morir por los hombres. Son los momentos que le había anunciado Simeón, cuando cumplía con José el precepto de presentar a Jesús en el Templo, a los cuarenta días de su nacimiento: “una espada traspasará tu alma”, le dijo.

María está de pié junto a la Cruz donde Jesús vive las postreras horas de su agonía. En su corazón Inmaculado de Madre, oprimido por el dolor, escucha el grito de su lamento “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Escuchemos con María hoy este grito. Es como el vértice de todo su padecer, el culmen supremo de todo su dolor. Revivamos con María, estos inefables momentos de su dolorosa pasión, la agonía de Getsemaní, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos, la negación de Pedro, los ultrajes de su condenación en el tribunal religioso, el juicio ante Pilatos, la horrible flagelación y coronación de espinas, su dolorosa subida al Calvario, el espasmo de las manos y los pies traspasados por los clavos y las tres interminables horas de atroz agonía en la Cruz. He aquí el cordero que sin un balido, se deja conducir al matadero. He aquí al verdadero Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Sobre el corazón de este manso cuerpo de victima inmolada, crucificada, habitan todos los pecados de la humanidad, toda la iniquidad redimida por su sacrificio. “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” Este corazón divino tan quebrantado y oprimido, siente el abandono del Padre, la falta de gratitud y correspondencia de su Iglesia nacida como cándida esposa del regazo de tan profundo padecer. Porque todavía hoy Jesús sigue siendo abandonado, renegado y traicionado por los suyos en la Iglesia. Reniegan del Él los que le posponen a su propia conveniencia, a la búsqueda de sí mismos, al placer de ser acogidos y aplaudidos. La soberbia les lleva a muchos a negarlo con las palabras y con la vida. “No conozco a ese hombre”. Le traicionan también los que callan por miedo y no defienden la Verdad. Le rechazan y rehúyen aquellos que siguen las filosofías de moda, con valores opuestos a los del Evangelio y se ajustan a componendas con tal de tener la aprobación de todos.

María, el Viernes Santo se repite hoy en una forma mayor y más universal que cuando sucedió en el momento de la Pasión y Muerte de tu Hijo Jesús. A un gesto de entonces, corresponden ahora miles de gestos. Es por esto que, en su Cuerpo Místico que es la Iglesia, Jesús continúa repitiendo su grito doloroso. “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” Es el dolor de nuestra Madre Celeste que se renueva hoy, al ver que se repiten en la Iglesia los mismos sufrimientos que experimentó Jesús en ese día de Viernes Santo en la Cruz.

Un cristiano debe entender el dolor y el sufrimiento como lo entendió María, como una forma de cooperar, con el sufrimiento de Cristo, a la Redención del mundo. Lo decía san Pablo a los colosenses: el cristiano puede poner lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. Todo dolor cristiano tiene por Cristo vocación redentora, y como María, ofrece su cruz a Dios Padre, por la salvación de sus hermanos.

ORACIÓN:

Bajo tu protección nos acogemos Santa Madre de Dios.
No desoigas las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
y librarnos de todos los peligros, Virgen gloriosa y bendita.
 

DÍA NOVENO

María, Testigo de la Resurrección de Jesús

Jesús ha resucitado, y está para siempre vivo entre nosotros. María, tu nos muestras que Jesús es nuestra Paz, que sólo Él es nuestra vida, que sólo Él es nuestra victoria. Déjanos participar contigo en esta alegría que jamás nadie podrá perturbar. Enséñanos a llevarla en el alma para que de ella pueda florecer la esperanza. Tú que eres la Madre Dolorosa de la Pasión, también eres la Madre Gozosa de la Resurrección, Madre de Cristo Resucitado, anuncio de Su victoria. A ti se te ha confiado la misión de prepararnos para su Glorioso retorno. En estos dolorosos tiempos de la purificación, anímanos a tener mucha esperanza y recuérdanos, hablando a nuestros corazones, que Jesús ha vencido al mundo, que es el verdadero vencedor. Tu que eres la Madre que nos convocas por todas partes para que acojamos en nuestras vidas a Jesús y nos preparemos para una nueva era de Paz, míranos con ternura de Madre y bendícenos en el nombre del Padre Glorificado, del Hijo Resucitado y del Espíritu Santo que se nos da como Don.

Oración de S. Juan Pablo II

Tú, que “aplastas la cabeza de la serpiente”, no permitas que cedamos.
No permitas que nos dejemos vencer por el mal sino que, haz que nosotros mismos venzamos al mal con el bien.

Oh, Tú, victoriosa en tu Inmaculada Concepción, victoriosa con la fuerza de Dios mismo, con la fuerza de la gracia.

Mira que se inclina ante Ti Dios Padre Eterno.
Mira que se inclina ante Ti el Hijo, de la misma naturaleza que el Padre, tu Hijo crucificado y resucitado.
Mira que te abraza la potencia del Altísimo: el Espíritu Santo, el Fautor de la Santidad.

La heredad del pecado es extraña a Ti.

Eres “llena de gracia”.

Se abre en Ti el reino de Dios mismo.
Se abre en Ti el nuevo porvenir del hombre, del hombre redimido, liberado del pecado.
Que este porvenir penetre, como la luz del Adviento, las tinieblas que se extienden sobre la tierra, que caen sobre los corazones humanos y sobre las conciencias.

¡Oh Inmaculada!
“Madre que nos conoces, permanece con tus hijos”.

Amén.

(Plaza de España, 8 de diciembre de 1984)