NUESTRA QUERIDA VIRGINIA

NUESTRA QUERIDA VIRGINIA:

la fotoEl pasado mes de marzo, en el concurso de clip- metrajes, la Delegación diocesana de Manos Unidas entregó a Mari Carmen y Andrés un premio muy especial. Era el reconocimiento al gesto de su hija Virginia (que como muchos sabéis pertenecía a nuestra parroquia), que antes de su prematuro fallecimiento organizó un mercadillo solidario con sus compañeros de la unidad de oncología. Aquí está algo de su luminosa historia para este Año de la Esperanza:

Todos vivimos pensando que cuando despertemos y amanezca un nuevo día, nuestra vida seguirá siendo igual y confiamos que tendremos las mismos bienes que poseemos: amor, compañía, salud, felicidad… Pero cuando una de estas seguridades y confianzas de repente, sin avisar, se nos arrebata, toda tu vida, tus proyectos, ilusiones, expectativas, se vienen abajo y tu vida se derrumba. Y no hay consuelo humano que reconforte. Sólo la Fe, Dios y la Virgen pueden llenar de Luz y Esperanza un camino tan difícil de recorrer. Porque nuestras fuerzas son siempre limitadas y frágiles.

Ésta fue nuestra experiencia. Cuando la enfermedad irrumpió sin avisar en la vida de nuestra hija, toda nuestra vida se transformó en tristeza y dolor. Sentimos una inmensa desolación, incertidumbre y miedo. Pedimos fuerza y ayuda a Dios y Él nos escuchó. El Señor nos ayudó a través de la familia, amigos, personal médico, profesores, padres y sacerdotes que nos acompañaron y nos hicieron ver lo positivo: podíamos estar a su lado, cuidar de ella y hacerla feliz. Todos los días al despertarnos y al acostarnos dábamos gracias a Dios por darnos la oportunidad de poder cuidar de nuestra hija. Ya no pensábamos en la grave enfermedad, ni en el diagnóstico, ni en el fortísimo tratamiento que tenía que recibir. Nuestros pensamientos sólo se centraban en el día a día y no pensábamos nada más que en hacerla feliz… Volvió la recaída ¡otro duro golpe! Ahora con más fuerza nos pusimos en las manos de Dios, le confiamos la vida de nuestra hija y dejamos que Él llevara nuestras cargas.

Virginia se fue al Cielo con 15 años. Durante esos años fue muy feliz, disfrutó y aprovechó cada minuto, cada instante para llenarlo de amor porque ella sabía que cada segundo de su vida era un precioso regalo de Dios. Cuando llegó la enfermedad, su vida cambió pero sus ganas de vivir, su entusiasmo, su alegría y su ilusión no disminuyeron ni un ápice, todo lo contrario, la luz que irradiaba su rostro y el brillo que desprendía su mirada se hicieron aún más intensos, más deslumbrantes. Es verdad que algunas cosas ya no podía hacerlas pero no se vino abajo, no se metió en un rincón, ni se acobardó. Empezó a luchar contra la enfermedad con todas sus fuerzas. Su entereza y su ánimo fueron realmente ejemplares. Y nos preguntábamos ¿de dónde le vendrá esa sorprendente fuerza de voluntad?

Pues bien, toda su fuerza la recibía de Dios y de la Virgen que estuvieron siempre a su lado. Su Fe le ayudó a seguir adelante, a tener Esperanza, a no tener miedo y a luchar con confianza. Siempre se sintió inmensamente querida y amada porque ella fue todo amor para nosotros. Por eso queremos celebrar con todos vosotros y dar gracias a Dios porque se fue llena de Paz. Ahora disfruta de las alegrías del Cielo y de la compañía de Dios, la Virgen, y todos los santos.

Dios no resta dolor a nuestras vidas, ni evita que suframos pero sí nos ofrece el Amor y el Consuelo necesarios para recorrer el camino con dignidad. El dolor es dolor redentor, nos hace crecer espiritualmente y los frutos del sufrimiento son infinitos: un corazón transformado y humanizado, un alma elevada al Cielo, una vida más sencilla y feliz que valora y agradece cada instante, cada destello de Luz, cada caricia de Dios.

Ma Carmen y Andrés (Padres de Virginia).