PRESENTACIÓN DEL SEÑOR JESÚS EN EL TEMPLO

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR JESÚS EN EL TEMPLO:

presentaHomilía del Papa Farncisco en la Solemnidad de la Presentación del Señor Jesús en el Templo:

La fiesta de la Presentación de Jesús al templo es llamada también la fiesta del encuentro: en la liturgia, al inicio se dice que Jesús va al encuentro a su pueblo, es el encuentro entre Jesús y su pueblo. Cuando María y José llevaron a su niño al templo de Jerusalén fue el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por dos ancianos, aassnaksajklasjlsaklsaklñsakñlsaklsakslñaklsaklsalssSimeón y Ana.

Esto fue también un encuentro en el interior de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con el recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban siempre el Templo.

Observemos lo que el evangelista Luca nos dice sobre ellos y como los describe. De la Virgen y de san José repite cuatro veces que querían hacer lo que prescribía la ley del Señor.

Se toca, casi se percibe que los padres de Jesús ¡tenían la alegría de observar los preceptos del Señor! Son dos esposos nuevos, han apenas tenido a su hijo y están animados del deseo de cumplir lo que estaba indicado.

Esto no es un hecho exterior, no es para sentirse en orden, no. Es un deseo fuerte y profundo, lleno de alegría. Es lo que dice el salmo: “En la via de tus enseñanzas está mi alegría… Tú ley es mi delicia”.

¿Y qué dice san Lucas de los ancianos? Subraya más de una vez que estaban guiados por el Espíritu Santo. De Simeón afirma que era un hombre justo y piadoso, que esperaba la consolación de Israel, y que “el Espíritu Santo estaba con él”. Dice que el “Espíritu Santo le había anunciado” que antes de morir habría visto a Cristo, el Mesías; y en fin, que se dirigió al templo “movido por el Espíritu”.

De Ana dice que era una profetisa, o sea inspirada por Dios y que estaba siempre en el templo “sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. O sea, estos dos ancianos están llenos de vida, llenos de vida porque están animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus llamadas.

Y es el encuentro entre la sagrada familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. Al centro está Jesús. Es Él que mueve todo, que atrae a unos y a otros al tempo, que es la casa de su Padre.

Es un encuentro entre los jóvenes llenos de alegría por observar la ley del Señor y los ancianos llenos de alegría por la acción del Espíritu Santo. Es un singular encuentro entre la observancia y la profecía, en la que los jóvenes son los observadores y los ancianos los profetas.

En realidad si reflexionamos bien, la observancia de la ley está animada por el mismo Espíritu, y la profecía se mueve en el camino trazado por la ley. ¿Quién más que María está llena del Espíritu Santo? ¿Quién más que ella es dócil a su acción?

A la luz de esta escena evangélica miramos a la vida consagrada como un encuentro con Cristo: es Él que viene hacia nosotros, traído por María José, y somos nosotros que vamos hacia Él, guiados por el Espíritu Santo. Pero al centro está Él, Él mueve todo, Él nos llama al templo, a la Iglesia, donde podemos encontrarlo, reconocerlo, acogerlo, abrazarlo.

Jesús viene a encontrarlos en la Iglesia a través el carisma fundacional de un instituto: ¡es lindo considerar así a nuestra vocación! Nuestro encuentro con Cristo ha tomado forma en la Iglesia mediante el carisma de un testimonio o de una testimonio. Esto siempre nos deja atónitos y nos lleva a agradecer.

Y también en la vida consagrada se vive el encuentro entre jóvenes y los ancianos, entre observancia y profecía. ¡No las veamos como dos realidades contrapuestas! Dejemos más bien que el Espíritu Santo las anime a ambas, y el signo de esto es la alegría de estar guiados por el Espíritu, nunca rígidos, nunca cerrados, siempre abiertos a la voz de Dios que habla, que abre, que conduce, que invita a ir hacia el horizonte.

Les hace bien a los ancianos comunicar la sabiduría a los jóvenes, y les hace bien a los jóvenes recoger este patrimonio de experiencia y sabiduría y llevarlo adelante, no para cuidarlo en un museo, pero para llevarlo adelante enfrentando los desafíos que la vida nos presenta, llevarlo adelante por el bien de las respectivas familias religiosas y de toda la Iglesia.

La gracia de este misterio del encuentro, nos ilumine y nos conforte en nuestro camino. Amén.

Papa Francisco.

Angelus del Papa Francisco en la Solemnidad de la Presentación del Señor Jesús en el Templo:

Queridos hermanos y hermanas:

Buen día, ¡Veo a muchos en la plaza, abajo la lluvia, tienen mucho coraje!

Hoy celebramos la fiesta de la Presentación de Jesús al templo. Esta fecha es también la Jornada de la Vida Consagrada, que destaca la importancia que la Iglesia da a quienes han acogido la vocación de seguir a Jesús de cerca siguiendo el camino de los consejos evangélicos.

El evangelio de hoy nos cuenta que cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José llevaron al Niño al templo para ofrecerlo y consagrarlo a Dios, como indicado por la ley judía. Este episodio evangélico constituye también una imagen aquellos por un don de Dios donan la propia vida, asumiendo así las facciones de Jesús, pobre y obediente.

Este ofrecimiento de sí mismos a Dios se refiere a todos los cristianos, porque todos hemos sido consagrados a Él mediante el bautismo. Todos hemos sido llamados a ofrecernos al Padre con Jesús y como Jesús, hacier de nuestra vida un don generoso en la familia, en el trabajo, en el servicio de la Iglesia, en las obras de misericordia.

Entretanto tal consagración es vivida de una manera particular por los religiosos, monjes, laicos consagrados, que tras profesar los votos pertenecen a Dios de manera plena y exclusiva.

Esta pertenencia al Señor permite a quienes la viven de manera auténtica, ofrecer un testimonio especial del evangelio del reino de Dios. Totalmente consagrados a Dios se encuentran enteramente entregados a los hermanos, para llevar la luz de Cristo allí donde las tinieblas son más densas y para difundir la esperanza en los corazones que perdieron la confianza.

Las personas consagradas son el signo de Dios en los diversos ambientes de la vida, son la levadura para el crecimiento de una sociedad más justa y fraterna, profecía de compartir con los pequeños y los pobres. Así entendida y vivida, la vida consagrada nos aparece realmente como és: ¡un don de Dios!

Cada persona consagrada es un don para el pueblo de Dios en camino. Necesitamos tanto de estas presencias, que refuerzan y renuevan con empeño la difusión del evangelio, de la educación cristiana, de la caridad hacia los más necesitados, de la oración contemplativa, el empeño de la formación humana y espiritual de los jóvenes, de las familias, el empeño por la justicia y la paz en la familia humana.

Pensemos un poco que sucedería si no existieran las monjas, sin las monjas en los hospitales,sin las monjas en las misiones, en las escuelas. Pensemos a una Iglesia sin las monjas, es impensable. Son este don y esta levadura que lleva al pueblo de Dios hacia adelante. Son grandes estas mujeres que consagran su vida y llevan adelante el mensaje de Jesús.

La Iglesia y el mundo necesitan de este testimonio del amor y de la misericordia de Dios. Los consagrados, los religiosos y religiosas son este testimonio de que Dios es bueno, de que Dios es misericordioso. Por ello es necesario valorizar con gratitud las experiencias de la vida consagrada y profundizar el conocimiento de los diversos carismas y espiritualidades.

Es necesario rezar para que tantos jóvenes respondan “sí” al Señor que los llama a consagrase totalmente al Él, y para dar un servicio desinteresado a los hermanos. Consagrar la vida para servir a Dios y a los hermanos.

Por todos estos motivos, como ya fue anunciado, el año próximo será dedicado de una manera especial a la vida consagrada. Confiamos desde ahora esta iniciativa a la intercesión de la Virgen María y de san José, que en cuanto padres de Jesús fueron los primeros a ser consagrados por Él y a consagrar su vida a Él.

Papa Francisco.