VIERNES SANTO

VIERNES SANTO:

getHOMILÍA DEL PADRE RANIERO CANTALAMESSA O.F.M.CAP. PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA

«Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús. El fue puesto por Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre […] para mostrar su justicia en el tiempo presente, siendo justo y justificador a los que creen en Jesús (Rom. 3, 23-26).


Hemos llegado a la cumbre del Año de la fe y a su momento decisivo. ¡Esta es la fe que salva, «la fe que vence al mundo» (1 Jn. 5,5)! La fe –apropiación por la cual hacemos nuestra la salvación obrada por medio de Cristo, y nos revestimos con el manto de su justicia. Por un lado está la mano extendida de Dios que ofrece su gracia al hombre; por otro lado, la mano del hombre que se estira para acogerla mediante la fe. La «nueva y eterna alianza» está sellada con un apretón de manos entre Dios y el hombre.

Tenemos la capacidad de asumir, en este día, la decisión más importante de la vida, aquella que abre las puertas de la eternidad: ¡creer! ¡Creer que «Jesús murió por nuestros pecados y ha resucitado para nuestra justificación» (Rom. 4, 25)! En una homilía pascual del siglo IV, un obispo pronunció estas palabras excepcionalmente modernas y existenciales: «Para todos los hombres, el principio de la vida es aquello, a partir de lo cual Cristo se sacrificó por él. Pero Cristo se sacrifica por él cuando él reconoce la gracia y se vuelve consciente de la vida adquirida por aquella inmolación» (Homilía pascual del año 387, en SCh 36, p. 59 s.).
¡Qué extraordinario! Este Viernes Santo, celebrado en el Año de la fe y en presencia del nuevo sucesor de Pedro, podría ser, si se quiere, el principio de una nueva existencia. El obispo Hilario de Poitiers, que se convirtió al cristianismo en edad adulta, mirando hacia atrás en su vida pasada, dijo: «Antes de conocerte, yo no existía».

Lo que se requiere es que no nos escondamos como Adán después de la culpa, que reconozcamos que tenemos necesidad de ser justificados; que no nos auto-justifiquemos. El publicano de la parábola subió al templo e hizo una breve oración: «Oh Dios, ten piedad de mí, pecador». Y Jesús dice que aquel hombre fue a su casa «justificado», es decir, hecho justo, perdonado, hecho criatura nueva, creo que cantando alegremente en su corazón (Lc. 18,14). ¿Qué había hecho de extraordinario? Nada, se había puesto del lado de la verdad delante de Dios, y es lo único que Dios necesita para actuar.

Al igual que quien escala una pared de montaña, después de superar un paso peligroso se detiene un momento para recuperar el aliento y admirar el nuevo panorama que se abre ante él, así lo hace también el apóstol Pablo al inicio del capítulo 5 de la Carta a los Romanos, después de haber proclamado la justificación por la fe: «Justificados, entonces, por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos alcanzado, mediante la fe, la gracia en la que estamos afianzados, y por él nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom. 5, 1-15).
Hoy en día se vienen haciendo, desde los satélites artificiales, fotografías infrarrojas de regiones enteras de la tierra y de todo el planeta. ¡Qué diferente se ve el paisaje visto desde arriba, a la luz de los rayos, en comparación con lo que vemos con la luz natural y permaneciendo dentro! Recuerdo una de las primeras fotos de satélite difundidas en el mundo; reproducía toda la península del Sinaí. Los colores eran muy diferentes, con los relieves y depresiones más evidentes.

Es un símbolo. Incluso la vida humana, vista desde los rayos infrarrojos de la fe, desde las alturas del Calvario, es diferente de lo que se ve «a simple vista. «Todo –dijo el sabio del Antiguo Testamento– le pasa también al justo y al impío … He visto algo más bajo el sol: en lugar del derecho, la maldad; y en lugar de la justicia, la iniquidad» (Ecl. 3, 16, 9, 2). De hecho, en todos los tiempos se ha visto a la maldad triunfante y a la inocencia humillada. Pero para que no se crea que en el mundo hay algo fijo y seguro, he aquí, nota Bossuet, que a veces se ve lo contrario, es decir la inocencia en el trono y la iniquidad en el patíbulo. ¿Pero qué concluía el Qohelet? «Así que pensé: Dios juzgará al justo y al malvado, porque allá hay un tiempo para cada cosa» (Ecl. 3, 17). Encontró el punto de vista que pone el alma en paz.

Aquello que el Qohelet no podía saber y que nosotros más bien sí sabemos es que este juicio ya se ha dado: «Ahora dice Jesús –caminando hacia su pasión–, ha llegado el juicio de este mundo, ahora será echado fuera el príncipe de este mundo, y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí «(Jn. 12, 31-32).

En Cristo muerto y resucitado, el mundo ha llegado a su destino final. El progreso de la humanidad avanza hoy a un ritmo vertiginoso, y la humanidad ve desarrollarse ante sí nuevos e inesperados horizontes fruto de sus descubrimientos. Aún así, puede decirse que ya ha llegado el final de los tiempos, porque en Cristo, subido a la diestra del Padre, la humanidad ha llegado a su meta final. Ya han comenzado los cielos nuevos y la tierra nueva. A pesar de todas las miserias, las injusticias y la monstruosidad existentes sobre la tierra, en él se ha abierto ya el orden definitivo del mundo. Lo que vemos con nuestros ojos puede sugerirnos otra cosa, pero el mal y la muerte son realmente derrotados para siempre. Sus fuentes se han secado; la realidad es que Jesús es el Señor del mundo. El mal ha sido realmente vencido por la redención que Él trae. El mundo nuevo ya ha comenzado.

Una cosa sobretodo aparece diferente, vista a través de los ojos de la fe: ¡la muerte! Cristo ha entrado en la muerte como se entra en una oscura prisión; pero salió por la pared opuesta. No ha regresado de donde había venido, como Lázaro que vuelve a la vida para morir de nuevo. Abrió una brecha hacia la vida que nadie podrá cerrar jamás, y a través de la cual todos pueden seguirlo. La muerte ya no es un muro contra el que se estrella toda esperanza humana; se ha convertido en un puente hacia la eternidad. Un «puente de los suspiros», tal vez porque a nadie le gusta morir, pero un puente, ya no más un abismo que todo lo traga. «El amor es fuerte como la muerte», dice el Cantar de los Cantares (8,6). ¡En Cristo ha sido más fuerte que la muerte!

En su «Historia eclesiástica del pueblo inglés», Beda el Venerable narra cómo la fe cristiana hizo su ingreso en el norte de Inglaterra. Cuando los misioneros llegados de Roma arrivaron en el Northumberland, el rey del lugar convocó a un consejo de dignatarios para decidir si se les debía permitir o no, a difundir el nuevo mensaje. Algunos de los presentes se mostraron a favor, otros en contra. Era invierno y afuera había nieve y ventisca, pero la habitación estaba iluminada y cálida. En cierto momento, un pájaro salió de un agujero de la pared, sobrevoló asustado un rato por la sala, y luego desapareció por un agujero en la pared opuesta.

Entonces se levantó uno de los presentes y dijo: «O rey, nuestra vida en este mundo es como ese pájaro. No sabemos de dónde venimos, por un poco de tiempo gozamos de la luz y del calor de este mundo, y luego desaparecemos de nuevo en la oscuridad, sin saber a dónde vamos. Si estos hombres son capaces de revelarnos algo del misterio de nuestras vidas, debemos escucharlos».

La fe cristiana podría retornar a nuestro continente y en el mundo secularizado por la misma razón por la que hizo su entrada: como la única que tiene una respuesta segura que dar a los grandes interrogantes de la vida y de la muerte.

La cruz separa a los creyentes de los no creyentes, porque para unos es un  escándalo y una locura, y para otros es el poder de Dios y la sabiduría de Dios  (cf. 1 Co. 1, 23-24); pero en un sentido más profundo, esta une a todos las  hombres, creyentes y no creyentes. «Jesús tenía que morir […] no solo por la  nación, sino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn  11, 51 s.). Los nuevos cielos y la tierra nueva pertenecen de derecho a todos y  son para todos: porque Cristo murió por todos.

La urgencia que deriva de todo esto es evangelizar: «El amor de Cristo nos  apremia, al pensar que uno murió por todos» (2 Cor. 5,14). ¡Nos impulsa a la  evangelización! Anunciamos al mundo la buena nueva de que «ya no hay condenación  para aquellos que viven unidos a Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu, que  da la Vida, me libró, en Cristo Jesús, de la ley del pecado y de la muerte» (Rom  8, 1-2).

Hay una historia de Franz Kafka que es un fuerte símbolo religioso y adquiere un  significado nuevo, casi profético, escuchado el Viernes Santo. Se llama «Un  mensaje imperial». Habla de un rey que, en su lecho de muerte, llama junto a sí  un súbdito y le susurra un mensaje al oído. Es tan importante aquel mensaje que  se lo hace repetir, a su vez, al oído. Luego despide con un gesto al mensajero  que se mete en camino. Pero oigamos directamente del autor lo que sigue de la  historia, marcada por el tono onírico y casi de pesadilla típico de este  escritor:

«Extendiendo primero un brazo, luego el otro, se abre paso a través de la  multitud como ninguno. Pero la multitud es muy grande; sus alojamientos son  infinitos. ¡Si ante él se abriera el campo libre, cómo volaría! En cambio, qué  vanos son sus esfuerzos; todavía está abriéndose paso a través de las cámaras  del palacio interno, de los cuales no saldrá nunca.

Y si lo terminara, no  significaría nada: todavía tendría que esforzarse para descender las escaleras.  Y si esto lo consiguiera, no habría adelantado nada: tendría que cruzar los  patios; y después de los patios el segundo palacio circundante. Y cuando  finalmente atravesara la última puerta –aunque esto nunca, nunca podría  suceder–, todavía le faltaría cruzar la ciudad imperial, el centro del mundo,  donde se amontonan montañas de su escoria. Allí en medio, nadie puede abrirse  paso a través de ella, y menos aún con el mensaje de un muerto. Tú, mientras  tanto, te sientas junto a tu ventana y te imaginas tal mensaje, cuando cae la  noche».

Desde su lecho de muerte, Cristo confió a su Iglesia un mensaje: «Vayan por todo  el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mc. 16, 15). Todavía hay  muchos hombres que están de pie junto a la ventana y sueñan, sin saberlo, con un  mensaje como el suyo. Juan, acabamos de oírlo, dice que el soldado traspasó el  costado de Cristo en la cruz «para que se cumpliese la Escritura que dice: «Mirarán  al que traspasaron»» (Jn. 19, 37). En el Apocalipsis añade: «He aquí que viene  entre las nubes, y todo ojo le verá, aún aquellos que le traspasaron; y por él  todos los linajes de la tierra harán lamentación» (Ap. 1,7).

Esta profecía no anuncia la venida final de Cristo, cuando ya no será el momento  de la conversión, sino del juicio. En su lugar describe la realidad de la  evangelización de los pueblos. En ella se verifica una misteriosa, pero real  venida del Señor que les trae la salvación. Lo suyo no será un grito de  desesperación, sino de arrepentimiento y de consuelo. Es este el significado de  la escritura profética que Juan ve realizada en el costado traspasado de Cristo,  es decir de Zacarías 12, 10: «Y derramaré sobre la casa de David y sobre los  moradores de Jerusalén, un espíritu de gracia y de súplica; y mirarán hacia mí,  al que ellos traspasaron».

La evangelización tiene un origen místico; es un don que viene de la cruz de  Cristo, de aquel lado abierto, de aquella sangre y de aquel agua. El amor de  Cristo, como aquel trinitario, que es la manifestación histórica, es «diffusivum  sui», tiende a expandirse y alcanzar a todas las criaturas «especialmente a las  más necesitadas de su misericordia». La evangelización cristiana no es  conquista, no es propaganda; es el don de Dios para el mundo en su Hijo Jesús.  Es dar al Jefe la alegría de sentir la vida fluir desde su corazón hacia su  cuerpo, hasta vivificar a sus miembros más alejados.

Tenemos que hacer todo lo posible para que la Iglesia nunca se parezca a aquel  castillo complicado y sombrío descrito por Kafka, y el mensaje pueda salir de él  tan libre y feliz como cuando comenzó su carrera. Sabemos cuáles son los  impedimentos que puedan retener al mensajero: los muros divisorios, como  aquellas que separan a las distintas iglesias cristianas entre sí, la excesiva  burocracia, los residuos de los ceremoniales, leyes y controversias del pasado,  aunque se han convertido ya en escombros.

En Apocalipsis, Jesús dice que Él está a la puerta y llama (Ap 3,20). A veces,  como señaló nuestro Papa Francisco, no llama para entrar, toca desde dentro para  salir. Salir a las «periferias existenciales del pecado, del sufrimiento, de la  injusticia, de la ignorancia y indiferencia religiosa, y de todas las formas de  miseria».

Ocurre como con algunos edificios antiguos. A través de los siglos, para  adaptarse a las necesidades del momento, se les llenas de divisiones, escaleras,  de habitaciones y cubículos pequeños. Llega un momento en que te das cuenta de  que todas estas adaptaciones ya no responden a las necesidades actuales, sino  que son un obstáculo, y entonces debemos tener el coraje de derribarlos y volver  el edificio a la simplicidad y la sencillez de sus orígenes. Fue la misión que  recibió un día un hombre que estaba orando ante el crucifijo de San Damián: «Ve,  Francisco, y repara mi Iglesia».

«¿Quién está a la altura de este encargo?», se preguntaba aterrorizado el  Apóstol frente a la tarea sobrehumana de ser en el mundo «el perfume de Cristo»,  y he aquí su respuesta que vale también hoy: «No porque podamos atribuirnos algo  que venga de nosotros mismos, ya que toda nuestra capacidad viene de Dios, quien  nos ha capacitado para que seamos los ministros de una Nueva Alianza, que no  reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu  da vida (2 Cor. 2, 16; 3, 5-6).

Que el Espíritu Santo, en este momento en que se abre para la Iglesia un tiempo  nuevo, lleno de promesa y de esperanza, reavive en los hombres que están en la  ventana la espera del mensaje, y en los mensajeros, la voluntad de hacérselo  llegar, incluso a costa de la vida.